CUENTOS

La langosta roquera

 


 

     ¡Langosta! Creo que fue el primer olor que percibí en mi vida. Para mi, ese aroma intenso cuando la cocinan es como el mejor perfume francés… bueno nunca había olido uno, pero después que crecí, decían que yo apestaba a langosta y que una mujer debía de oler a un buen perfume francés. ¡Qué error más grande! ¡Qué equivocados estaban! El olor a langosta me despierta todos los sentidos y es mi plato preferido.

      Miro las aguas serenas que bañan las playas, apoyada en el barandal de madera de la terraza. Ese inmenso mar me recuerda mis orígenes y me roba los pensamientos, transportándome a mi infancia. Recuerdo con nostalgia mi paradisíaco archipiélago situado en el Mar Caribe de Venezuela, con más de cincuenta cayos y sus arrecifes coralinos: Los Roques.  Allí, el agua es cristalina con todos los colores de azules que se puedan imaginar, arenas blancas y un cielo siempre límpido, que se tiñe de colores rojizos al atardecer, con los pelícanos descansando sobre los peñeros de los pescadores. Un paisaje único y hermoso de contemplar. Como es un parque nacional no hay grandes hoteles sino pequeñas posadas. Cuando yo nací no llegábamos a dos mil, éramos pocos habitantes. Todos formábamos una gran familia.

      Mi Pae, como llamamos a nuestros padres en esas islas, fue un humilde pescador de Los Roques. Construyó un rancho en el Gran Roque, el islote principal. Vivíamos en una pequeña casita, frente al mar, mis 8 hermanos y yo. Tenía dos habitaciones, en una dormíamos todos los hermanos en colchonetas, camas, jergones en el suelo y hamacas; en el otro dormían mi Mae y mi Pae. Cuando  había  mucho calor, colgábamos chinchorros en los cocoteros.  Eso hacía yo, me gustaba sentir la brisa marina, oler esas gotas saladas con su mezcla de algas y escuchar el adormecedor ruido del mar que me hacía soñar con sirenas langostas, engalanadas con mis collares de conchas. Me sentía privilegiada, casi todos nuestros vecinos compartían una sola habitación para toda la familia. Dormían hacinados.

      La cocina de nuestra modesta vivienda, ubicada en la parte trasera, era pequeña, construida con palmas y planchas de zinc. El baño estaba afuera. Era un hueco en la tierra, rodeado de las mismas láminas de metal para proteger la intimidad de las mujeres. Los hombres iban al mar para hacer sus necesidades.

      —¡Isa! Isa …¿dónde estás? —grita mi hermana Martha con su acostumbrada energía, sacándome de mis recuerdos —¿dónde estás, ya es casi hora de que llegue el invitado —me reclama nerviosa.

      —Sí, ya voy —le contesto, caminando hacia el interior. —Saca la langosta que está en la pecera, la que escogimos para la degustación —ordeno.

      Yo también estoy nerviosa. Soy la chef más prestigiosa del mundo en lo que se refiere a langostas. Vienen a probar mis exóticas recetas de todos los países. ¡Dicen que soy famosa! “La Langosta Roquera” aparece en la Guía Michelin. Mis fórmulas culinarias están llenas de mar, de coco y de los recuerdos de los vientos de mis islas; o de aquellas frías aguas originarias de los crustáceos, porque una langosta de Galicia no puede saber igual a una del Mar Caribe. Mi secreto es combinar los elementos de cada región, según la procedencia de la langosta y mezclar esos sabores en algo sublime para el paladar y cuando los comensales prueban, sienten un pedacito de su mar  en el bocado perfecto.

       Cada langosta se ofrece en un armonioso maridaje, acompañada del vino de su región.  Pero, yo tengo uno favorito dentro de nuestra extensa carta de vinos: un desconocido caldo procedente de  las tierras planas españolas bañadas por la Ribera del Duero, Verdejo, un vino nacido en una bodega familiar, afrutado con el justo toque a madera de la barrica en la que ha pasado sus primeros meses de vida. La suavidad de su baja graduación y el dulce sabor en el paladar, de esa azúcar fermentada, potencia la sal marina que caracteriza mis platos.

      Mi restaurante, probablemente el más famoso de Key West, en los cayos de La Florida, se especializa en comida marina y soy la cocinera más versátil de este crustáceo decápodo. “La Langosta Roquera” es famoso, no solo por su cocina, también porque tiene unas inmensas peceras con agua de mar donde se encuentran  todas las clases de langostas que existen en el mundo, vivas, aclimatadas a su hábitat natural, que los comensales pueden seleccionar a la hora de ordenar. Hoy viene a entrevistarme el conocido editor de una prestigiosa publicación de gastronomía, y esos encuentros aun me causan nerviosismo.

      Voy a mi baño privado a lavarme las manos y arreglarme un poco para el encuentro. Me miro en el espejo y mi semblante me recuerda nuevamente mi niñez y aunque ya no soy aquella niña desgreñada, descalza, con los vestidos raídos por el uso, que siempre olía a mar y se bañaba poco en agua dulce, vuelvo a ver esa carita reflejada en el espejo. Recuerdo que el agua dulce era difícil de encontrar, la isla no tenía y casi no llovía. Estaban construyendo un acueducto debajo del mar para traernos el agua potable desde La Guaira, el puerto de Venezuela más cercano a Los Roques. Nos bañábamos en esa fuente inagotable que teníamos… el mar y cuando una vez por semana llegaba un barco cargado de agua desde tierra firme, transportábamos el líquido a la casa en baldes, haciendo una larga hilera junto a todos los vecinos para llenar nuestros pequeños tanques de agua dulce. Ese día nos dábamos un baño “como Dios manda”. Eso decía mi Mae, pero a mi no me gustaba porque desaparecía de mi cuerpo el olor a mar. 

      —¡Isa! ¿Qué haces?  ¡Apúrate! Debes comenzar a cocinar —grita mi hermana Carmencita, abriendo apresurada la puerta del baño. —¡Se hace tarde, date prisa!

      Mientras camino hacia la cocina, recuerdo divertida algunos episodios de nuestras vidas cuando éramos niñas. Mi Pae atrapaba las langosta en nasas o arponeadas y solo durante los meses con “R”,  de septiembre a abril, porque el resto del año estaba prohibida su captura debido a que se encontraban en periodo de reproducción, era la veda de la langosta. Llegaba con esas cestas artesanales, tejidas por los pescadores, llenas del crustáceo marrón y las mantenía vivas en el agua dentro de las nasas, hasta su venta. Escogía las langostas no aptas para vender porque eran muy pequeñas y a veces, si no las vendía, eran las que se comían en casa.

      Cuando yo pensaba que al fin me iba a comer una langostica, venía mi Pae y decía que estaban vendidas, que con las que sobraran hiciéramos una pasta o ensalada para que alcanzara a todos. Yo nunca me podía comer una sola…¡que desesperación! ¿Cómo acallar el estómago que me crujía del hambre, gruñía y sonaban las tripas? ¿Cómo detener la saliva que brotaba de mi boca nada mas de oler la langosta? Mis papilas gustativas comenzaban a segregar apenas empezaba la ebullición del agua y escuchaba el chillido típico de la langosta viva cuando la meten en agua hirviendo. Ya me veía saboreándolas.

      ‘¡Uhm  que rico destrozar la cabeza, con mis dientes y las patas y macanas, donde está lo mejor carne!’  Mis dientes estaban acostumbrados a esas caparazones duras. Eran tan afilados como los de un perro. Yo creo que mi Mae me hacia el tetero con el agua  en que sancochaba las langostas, porque no se puede explicar esa adoración que yo sentía por ellas. Todo lo contrario a mi hermana Carmen que detestaba el pescado y todo ese olor a comida marina.

       ¿Pueden imaginarse viviendo en una isla e hija de pescadores y sin probar la comida de mar? Pues bien, esa era mi hermanita, estaba flaca como un gancho porque solo comía huevos de las dos gallinitas ponedoras que teníamos en el patio y ella las cuidaba como sus tesoros. La pobre cuando empezaba el olor a langostas salía corriendo a vomitar a orillas del mar y todavía algunas veces lo hace. Un día nos invitaron a comer en una casa vecina en época de pulpo y por supuesto, esa era la comida. Cuando nos sirvieron ese molusco  con todos sus tentáculos, Carmen vio aquello como si fuera el demonio y  gritó:

      —¡Yo no como eso!  ¡Yo lo único que como es huevo!

     —¡Claro eres una huevona! —le dije yo.  

      —¡Huevona, huevona! —nos burlábamos y sin proponerlo, esa expresión se convertiría en su  mote entre los niños del pueblo.

     —¡Allá va la huevona de los Salazar! La única niña del pueblo que no come pescado.            

      Mi hermanita Carmen lloraba.

      Solía asustarla con las corazas de langostas secas y se las ponía alrededor de su colchoneta, para que cuando se levantara se hincará los pies con las cabezas.

      —¡Hay! —gritaba la pobre al sentir el pinchazo —¿Cómo te gusta ese animal tan feo? Ni siquiera juegas conmigo a las muñecas, solo te gusta andar vagabundeando recogiendo conchas y caparazones, pensando como cocinar estas cosas horribles! —me reclamaba mi hermanita.

      —¡Pero ni siquiera tenemos muñecas, si serás tonta! ¡Somos pobres! —le decía yo.

      —Y si tu no las haces, que tienes tanta habilidad con tus manos, solo te preocupas por  esas joyas de conchas —me respondía, con sentimiento. —Siempre estas jugando con esas horribles caparazones de langosta, con su cabeza llena de púas y esos dos ojos saltones que parecen el diablo —agregaba furiosa.

      —Si pero esas joyas, como les dices tú a mis collares y pendientes, se las vendo a los turistas y traigo algo de dinero para ayudar en casa —respondía yo. —¿Y tú no sabes que esta langosta fue un príncipe que cayó al mar? —y le mostraba una grande que siempre llevaba conmigo.

      Ella me miraba displicente.

      —Algún día mis langostas serán famosas —le replicaba y Carmen se reía de mi.

     ¡Esa fue una premonición de mi futuro!

      Cuanto de verdad tenía esa fantasía infantil. Según cuenta una leyenda de la antigua Troya, un príncipe marino llamado Eneas se quedó dormido en el timón de su barco y  cayó al mar, convirtiéndose en langosta!  Eso lo aprendí años después al estudiar todas las especies de langostas del mundo. Así, la Panulirus vulgaris era mi príncipe troyano.

      Al día siguiente salí temprano, al despuntar el alba y recogí  unas cuantas conchas, fibras de cocoteros y todo lo que pude conseguir para hacer una bella muñeca de coco y caracoles. ¡Qué feliz estaba mi hermanita!  Ese día jugué con ella a las muñecas. Pero que fastidio…¡eso no era lo mío!

      —Isa, llegó el señor periodista —me avisa mi hermanita Carmencita haciendo una rápida incursión en la cocina. Sigue sin gustarle el olor a langosta y se ocupa de la sala del restaurante.

      —Vamos hermana, —dice Martha —entrando a toda velocidad, mientras yo me quito el delantal y regreso desde mis recuerdos. Salgo hacia la terraza donde espera el experto en gastronomía que me viene a entrevistar.

      Sentados, con una hermosa vista y protegidos del sol, debajo de un inmenso paraguas, decorado con sonoros móviles que la brisa mueve grácilmente, comienzo a contarle a nuestro invitado la historia de mi vida. Pero primero le ofrezco algo de beber.

      — Desde niña vivía llena de caparazones, conchas, de caracoles, de vieiras, de peces y de langostas, con su fuerte olor a mar. Esos eran mis juguetes favoritos —le cuento al periodista señalando los móviles, hechos por mi, que cuelgan sobre nosotros —me vestía con ellos, hacia coronas de princesas, collares, pendientes y trajes de sirenas del mar. ¡Claro! Vivía en una isla, en el Roque Mayor, llena de pelicanos, aves marinas, peces, grandes caracoles, mariscos, moluscos y langostas.

      —¿Y cómo era su vida cuando vivía en El Gran Roque? —pregunta el periodista tomando su Bloody Mary, mientras revisa su iPhone donde  graba todo lo que le cuento.

      —Cuando tenía 6 años descubrí que mi papá devolvía al mar las langostas más pequeñas, porque no era rentable venderlas. ¡Pero justamente las chicas eran las más ricas de sabor! Mi mamá las sancochaba con agua de mar, así es como saben mejor, lo aprendí allí,  y lo constaté  cuando me convertí en chef.

      Le narro como me escondía y veía a mi Pae contando las langostas y apartando las chiquitas, unas para los restaurantes cercanos o para algún turista al que le gustaban pequeñas y pagaban buen dinero por ellas, otras para la casa. Mi Mae, con su magia, las desmechaba y las mezclaba con algún otro ingrediente, normalmente con arroz o pasta.

      —Yo le decía: Mae …¡que desperdicio, escondes el sabor y el olor de la langosta! —le cuento al experto en gastronomía.  —Ella me contestaba …”hay que alimentar  a 10  y somos pobres”.

      Con cierta nostalgia al recordar a mis padres, continúo mi relato.

      —Pero déjeme seguirle contando lo que hacía mi Pae: después de seleccionar las langostas se iba al mar enfrente de la casa, en donde había muchas rocas y las depositaba vivas, con cariño y delicadeza porque no le gustaba lanzarlas para que no se maltrataran con las peñascos, de esta forma las protegía y así crecerían para volverlas a atrapar algún día. ¡Pero lo que no se imaginaba era que yo estaba al acecho! Como aquellos gatos, perros y pelicanos que viven cerca de los pescadores y cuando destripan los pescados se abalanzan desesperados peleándose por un pedacito de tripa. Así estaba yo escondida, vigilando el lugar donde las devolvería al mar, para precipitarme sobre mis presas.

      Mi entrevistador se ríe. Parecen divertirle mis historias. Yo ya estoy más a gusto y se me ha quitado el nerviosismo. Me siento como si le estuviese contando mi vida a un amigo.

      —Creo que aprendí a zambullirme primero que a nadar, porque cuando mi padre se iba  yo corría a lanzarme al mar a sacar algunas langostas que no se hubiesen sumergido completamente. Al principio tragaba mucho agua, pero el hambre y las ganas, cuando aprietan son un buen aliciente. Cuando tenía suerte agarraba dos o tres y me iba detrás de la casa, a un solar frente al mar, a devorármelas crudas cuando no podía aguantar el hambre, o si no las cocinaba en una lata de leche en polvo, esas que utilizan los pobres a falta de ollas. Tenía mi batería de latas, peroles, cacharros y dependiendo del tamaño de mis langostas, recogía el agua del mar y las cocinaba en mis cachivaches. ¡Que delicia, por fin una sola para mi!

      —¿Y cómo fue que comenzó a cocinar? —pregunta el periodista.

      —Algunas veces encontraba ollas viejas abandonadas por los turistas que iban a comprar langostas y era una gran alegría ¡una olla de verdad! Las tenía que esconder para que mi mamá no me las quitara. La pobre, a veces me decía “…hija esta me sirve para cocinar, déjamela a mi”  y desaparecía mi tesoro.

      Mi hermana Martha, que se encuentra arreglando una mesa cercana, suelta una carcajada al escuchar mi relato.

       —Así empecé a cocinar en mis cachivaches con lo más simple: agua de mar. Fui aprendiendo como combinar los sabores típicos de mis islas, con plantas y algas que tenía en mi medio ambiente y de allí salió mi receta más famosa. Todo a escondidas de mis padres, quienes luego supieron como había aprendido a nadar, a zambullirme y a cocinar, solo por la delicia de comerme la más rica langosta.

      El experto en gastronomía toma un sorbo de un nuevo trago que Carmencita le ha servido. Yo continuo mi historia.

      —Un día apareció una gringa y me dijo: “Hello little wild girl. What are you doing?” Al ver que no la entendía, en su mal español me preguntó: “¿Qué hacer?… ¡tu poder quemarte!” Se llamaba Bárbara. Era una americana que vivía en el pueblo y tenía una pensión: “Los Roques Sun”.

      Hace calor y le pido una cerveza Polar a Carmencita, antes de continuar mi historia.

      —Cocino langosta, soy especialista —le contesté yo —Bárbara se río y me dijo “let me try, yo querer probar”. Luego de saborear mi langosta me dijo: “uhmmm que rico …¿por qué no venir a mi pensión y ayudar en cocinar?” Y ese fue mi primer trabajo en serio. Tenía 10 años y todas las mañanas iba a la casa de Bárbara para ayudar en  la cocina. Fue mi primera escuela.

      Conmovida, le cuento al periodista que Bárbara prácticamente me adoptó. Ella me compraba ropa y zapatos, me enseñó con mucha paciencia el inglés. Le dijo a mis padres que quería criarme como su hija y me mudé permanentemente a su bella pensión. Tenía una habitación pequeña ¡pero era solo mía! Me sentí como la niña de los cuentos de fantasía con una hada madrina que se llamaba Bárbara.

      —¿Y cómo llegaste a este lugar? —pregunta mi entrevistador —¿Cómo llegaste a Key West? Los Roques están muy lejos.

      —Un día Bárbara decidió regresar a los Estados Unidos. Yo, en ese momento no entendía nada de política, era apenas una adolescente, pero ella decía que el mal gobierno había destruido el país. La situación en Venezuela se volvió insostenible, especialmente para los extranjeros. Yo le rogué llorando, desesperada que no me dejara. Ella me dijo: “No, mi little wild girl, no te voy a dejar, pero debo ir Estados Unidos a resolver asuntos casa y regresar por ti”.

      —¿Y regresó? —pregunta el periodista, ya más con curiosidad por la conmovedora historia que le estoy contando, que por su actividad reporteril.

      — No solo regresó, vino con unos papeles de adopción y se los dio a mis padres para que los firmaran porque quería que fuera su hija legítima y así  vivir con ella en los Estados Unidos sin problemas legales. Mis padres con mucho dolor aceptaron y me separé de ellos físicamente, pero mis vacaciones siempre las pasábamos con mi familia en Los Roques. Esa fue la condición para que aceptarán mi adopción.

      Carmencita se acerca a la terraza donde charlamos y hace un gesto indicando que la mesa de nuestro invitado ya está dispuesta. Pasamos al salón principal de grandes ventanales, desde donde puedes ver el horizonte hasta el infinito y sus inmensas peceras llenas de langostas vivas que provienen de todo el planeta. Mi mayor orgullo.

      —Esa es mi historia… la de una niña pobre descalza que después creció como una jovencita que lo tuvo todo. Casi una Cenicienta… estudié artes culinarias para ser chef en unas de las mejores escuelas de Fort Lauderdale, aquí en Florida y me gradué con honores. Cuando Bárbara, mi hada madrina murió, de un cáncer que se la llevó en tres meses, quedé desbastada. Fue difícil superar el trauma de su muerte y aún más su ausencia. Pero está aquí dentro de mi —le digo tocándome el corazón con mucho sentimiento —en todo lo que soy y seré —finalizo con los ojos aguados de la emoción que me causa recordar mi  historia. 

      El también parece conmovido. Me da la impresión de que no esperaba escuchar un relato como este para su artículo de gastronomía.

      —Mi prestigio, mi éxito se lo dedico a ella, a su amor incondicional, a su desprendimiento. Ha podido adoptar un perrito como hacen la mayoría de las personas solitarias del mundo. Pero no, se hizo cargo de Mía, la wild little girl  de Los Roques, me educó y me dejó todo lo que tenía, incluyendo esta casa que es hoy mi restaurante y donde trabajo con mi familia —y señalo a mis hermanas que atienden a los clientes que llegan a ocupar las mesas del local.  Ya es medio día y el comedor comienza a llenarse.

      —Mi Mae me decía que yo siempre andaba soñando. “¡Esa muchachita vive en la luna!”  decía una y otra vez. Pero mi Mae estaba equivocada …la luna sólo la admiraba reflejada en el agua, en las quietas noches marinas y… sí me sirvió para soñar y realizar mis sueños.

      Mi invitado, luce complacido porque parece haber encontrado una historia singular y conmovedora para su publicación.

     —Yo  viví  y vivo en el mar, rodeada de langostas y con el recuerdo de Bárbara. Y ahora, amigo Ben Ami, deseamos invitarlo a degustar nuestras creaciones.

      Sonriente, acomoda su gran figura en la silla y su rostro se ilumina cuando Martha sale de la cocina con una inmensa bandeja. Yo le señalo orgullosa la hermosa langosta, roja y humeante, acabada de cocinar.

      —Es mi receta más preciada, nuestra famosa Langosta roquera, pero no es porque baila rock… !No! es porque fue mi primera receta y viene de Los Roques! Y mis recuerdos me llevan allá a donde todo comenzó… a mis orígenes.

©Mila Mendoza

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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