Derivaciones del amor

Mi nuevo libro ´Derivaciones del amor´

Escribir para exorcizar la desdicha, para mantener vivo el sentimiento que ya se ha ido o, tal vez, para glorificar esa fuerza transformadora que es el amor es el propósito de este conjunto de versos de Mila Mendoza.

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Jardín de leche

Después de tanto besar esa cara desconocida aún tenía el sabor de sus lágrimas en mi boca, todavía sentía el olor de su sexo y escuchaba sus gemidos  cuando recorría  su cuerpo con mi lengua. Mi miembro se estremece  de placer al recordar cada momento  con ella  y quiere volver a poseerla.

Era alta,  rubia con los cabellos del color de esos trigales que solo veo en la tele, sus ojos me impresionaron eran grandes, verdes y tristes. Su piel era tan blanca que parecía de mentira, era como un jardín de leche con una flor amarilla.

Era bella, una señora madura, pero  muy bella, sola y triste.

Yo le di  lo que me pidió, consuelo y sexo ardiente.

Ella me dio más, aparte del dinero por el trabajo de jardinero y el otro agregado, me regaló una visión distinta de lo que puede hacer un emigrante en este  frío país. ¿Cuantas mujeres solas, tristes y  abandonadas por sus maridos habrán en este región, que anhelan un poco de compañía,  atención, cariño, y sexo sin ningún compromiso?.

 Ella, mi jardín de leche…supe desde el primer momento que era especial, su llanto de arrepentimiento, su timidez, asumo que fue la primera vez para ella que traicionaba y para mi también, que me envolvía en ese tipo de relación ¡pero  lo peor  fue que me enamoré!

Allí estaba en su coche saliendo de la alcaldía y me vió recortando la  grama seca. Vestía un jean y una camisa  negra– como yo– pensé.  No podía adivinar su edad. Se me acercó con una media sonrisa y me dijo en inglés si sabia de alguien que pudiera hacer el jardín de su casa, pues tenía mucho tiempo que no venía y estaba lleno de maleza.

Esa parte del sur de  España era una zona de vacaciones, una zona turística por excelencia.  Allí llegué después de muchos meses de estar en refugios para emigrantes, de las penurias de lanzarme al mar en una balsa, de  mas 1 mes de camino para llegar a Libia, de los traficantes de personas y sus mafias que me trajeron hasta España por el Mediterráneo.  Decidí salir de mi país, África y lanzarme a la aventura, Dejando a mi madre y mi hermana solas en Nigeria. Yo estudiaba en la universidad me faltaban dos años para graduarme de contador y abandoné todo por salir de la pobreza.

Aquí, solo soy  un negro, emigrante, sin dinero en un país extraño y con la tristeza del desplazado, buscando que hacer  y para más  enamorado de alguien imposible. ¡Espero que me dure poco!.

Nunca supe su nombre, la llamaba ¨jardín de leche¨, ni ella supe el mío, seguro que me llamaba ¨el emigrante o el negro jardinero¨.

 Traté de comunicarme  muchas veces, nunca respondió su teléfono, pero me mostró un vergel desconocido y  otro camino…

Mis indígenas pemones al grito de libertad se enfrentan a bayonetas con la orden de matar.

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Y como en tiempos antaño luchando contra opresor detienen a los soldados con flechas al corazón.
No son las armas de un pueblo que siempre a buscado paz, es el  hambre que los impulsa a  encontrar migas de pan, que les niega este gobierno del Narco dictador que solo engorda el y su entorno a fuerza de represión.
Se come el alimento de todos se roba el Oro y las tierras, el dinero del petróleo y “que por revolución “
Y un país que era tan rico, como mi gran Venezuela lo han convertido en la suela de la bota del cubano.
¡Pero esto ya pronto acaba me lo dijeron mis indios que cual fantasmas acechan buscando la solución !
MILA MENDOZA

 

Pemón

 

El chamán sube a la loma, siente el viento en su cara, achitum sopla fuerte y peina la paja que cubre la inmensidad de la sabana. Allí escucha el llamado de Makunaima, el héroe creador, que le cuenta que Kanaima, espíritu de mal, ha tomado la forma de un hombre vestido de verde. Este ha llegado con otros de lejos, de más allá del Cuyuní, del Caroní y del mismo Orinoco, con botas, armas y sus mochilas de muerte a traer el odio de aquellos que dan las órdenes en el palacio rojo.

Sale el pemón temprano de la churuata, su paso ligero es acompañado por el sol del oriente. Sabe que ya el convoy pasó frente al kukenán, montaña sagrada, que observa con su corona de nubes y su falda de selva. Dejaron atrás Luepa y luego el paso de Kamá Merú. Avanzan para evitar que llegue la ayuda, esa que enviaron otros hombres de lugares remotos, de Brasil y de más allá.

Se acerca el grupo de la tribu a la alcabala, los esperan guardias armados, fusiles y ametralladoras enfrentan arcos y flechas. Ellos, los indígenas, dueños originarios de la sabana, hablan fuerte y sostienen la mirada, como altiva es su esencia y firme su orgullo pemón. En la ingenuidad de los hombres de bien enfrentan al mal sin saber que ya la orden ha sido dada, sin importar etnias ni razas, creencias o rituales. Cobardemente la tropa dispara al pueblo pemón en sus propios predios ancestrales.

En la noche llegan otros, ocultos en autobuses amarillos que ya no transportan la inocencia del alumno de la escuela ni las luces de sus maestros. Ahora avanzan con otros pasajeros que vienen a enfrentar a los que siempre han estado allí, desde la amplia sabana del misterioso Roraima hasta el impresionante Auyantepuy, de donde cae el Kerepakupai Merú para unirse al Churún, magnifico e imponente como altar de dioses.

La montaña los mira y tiembla de rabia frente a la desigual batalla. Salta el chamán y sale de su trance. El amor de la india queda huérfano, ahora es viuda de su hombre, maltratado por las armas de su propio país, esas que no temen al Dios cristiano ni a los espíritus ancestrales de las tribus. Muere el pemón y cae sobre la tierra acida de la Gran Sabana. Muere para vivir en la esperanza y en la inspiración de otros.

Pemón, tu que aprendiste de Adepötorü, tu padre, a defender el orgullo de la raza originaria de estas tierras, que perseguiste a Kaikuse, el jaguar, más allá de los nacientes del Yuruaní, corre ahora en lo inmenso de Itöypon, de Itüyita, de la sabana milenaria, toma el aweku dulce que te ofrece la colmena, esa que se raja para untar el casabe, como hacia Kesepame cuando llevaba a los niños en tiempo de hambre. ¿Qué haces, Sewai? ¿Dónde está tu hermanito, Sewai? No volverá Kesepame, no volverá.

Corre a lo ancho de esta inmensidad Pemón. Verás pasar este tiempo como pasan las tormentas en las cumbres del Akopán o del Ilú. Y volverá a salir el sol, aunque el Aponwao se crezca y el Carrao se desborde en su camino al Caroní, aguas abajo hacia el Orinoco, corriente ancha que va al Mar Caribe, el que sabes que existe pero que no has visto jamás. Porque tu playa siempre fue la laguna, esa que tiene la espuma blanca que se va dorando cuando le da el sol al caer la tarde.

Volverás acompañando a los mawari, espíritus de los muertos, sobre el campamento furtivo de aquellos hombres viles que perforan las entrañas de tu tierra y contaminan tus ríos para extraer las riquezas del arco minero, sin importar la obra de la naturaleza que esculpió el más bello de los paisajes, el más hermoso de los escenarios del mundo.

Canta tu canción de sabana pemón y baila tus danzas, el Parichara y el Tukui. No quedará impune la insolente planta que profano tus suelos. Mientras la brisa arrulle los pastos habrá esperanza, siempre allí, como jaspe de quebrada, cuarzo de cascada, granito de catarata.

Una india bonita, Amanon Wiriki, enjuga sus lágrimas y mira al cielo de la Guayana profunda. El joven sale del conuco y la busca, hacen kachiri y beben juntos. Y allí se van contando las leyendas de sus pueblos en taurepán y en arecuna. Pero hoy no hablan de Kueka, pemón Taure Pam que fue convertido en piedra por buscar a la mujer más bella de la comunidad Macuchíes, irrespetando las normas de Makunaima.

Ahora cuentan las historias de los héroes de su tribu, esos que regaron con su sangre la sabana ancha. Hablan de resistencia, Apötönüto, comparten el sueño de libertad, Ariwonnöto, y se proponen ver juntos el Ayukato, ese nuevo amanecer de Venezuela, en la ribera del río que ocultó sus besos, frente al viejo tepuy que guardó su amor entre las nubes que pasan y las nieblas perpetuas de su cumbre.

LUCIO HERRERA GUBAIRA

Cuando el universo confabula hay que agradecer.

Mis fantasmas, mis luces, mis ángeles siempre han estado presente en mi vida, nada es coincidencia se aparecen cuando el universo confabula o simplemente los atraigo.

María de los Ángeles Saavedra, reseñista de la editorial Penguin Random House  definitivamente es uno de ellos.

!Gracias, por tu entrevista y tus comentarios!

Entrevista MASaavedra

Aqui la entrevista completa:

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https://unparaisoenlatierra.wordpress.com/

 

 

 

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